Yo viví un mundo oculto donde la maldad humana muestra su rostro más atroz; pero yo muestro la fortaleza de no dejarme vencer, el amor hacia mi pequeño hijo, el volver a abrazarlo, sentir su rostro suave contra el mío, ver su sonrisa y cumplir la promesa de cuidarlo siempre.
Nadie te prepara realmente para los obstáculos a los que te enfrentarás en esta vida, especialmente cuando te adentras en un viaje hacia lo desconocido. Esta es la realidad de muchos inmigrantes, que toman la difícil decisión de dejar atrás todo lo que han conocido, con la esperanza de labrarse un futuro mejor.
Con el tiempo todo iba cambiando, cada quien tenía sus prioridades, yo me sentía perdida y confundida. Recuerdo que Mamá siempre me decía, “No dejes que un hombre te alce la voz, ni que te pegue.” En ese momento ella ya había recibido los servicios de VIP y yo la veía más libre que nunca. En sus alcances como Promotora, siempre nos llevaba, yo veía como ella se veía a sí misma en otras mujeres que preguntaban qué era VIP. Mamá, muy segura, hablaba de los servicios que ofrecían en ese momento, pero también explicaba que el abuso no es sólo físico, que también existen otros abusos; emocional, financiero, digital, mental, verbal, y sexual. Sin Mamá saberlo, yo estaba pasando por abuso pero me daba mucha vergüenza decírselo.
La violación de los derechos reproductivos como violencia de género no sólo incluye la violencia o el daño físico, sino que es un continuo de acciones que conducen a la violación de la integridad corporal y los derechos humanos de una persona. De éstas, el retroceso o la restricción de la justicia reproductiva es posiblemente una de las formas de opresión sistemática de mayor alcance que afecta a las mujeres, especialmente a las minorías étnicas.
Nací en un pueblo de la Sierra Norte de Puebla y crecí en una familia que siempre ha experimentado violencia. Todo el tiempo veía a mi papá maltratar a mi mamá. Mi papá es alcohólico y siempre fue así. Yo crecí cohibida y con miedo, aislada. Quería ser invisible, que nadie me viese. Así era el miedo que me provocaba mi papá. Lloraba cuando el sol se metía, porque sabía que él llegaría de vuelta a la casa.
Es difícil hacer que alguien comprenda el proceso de migración si nunca lo ha experimentado. La migración es mucho más que cruzar fronteras geográficas; es cruzar fronteras culturales y emocionales. Es dejar atrás una vida que sabes que nunca recuperarás. Para muchos, emigrar significa quemar puentes y zambullirse en la incertidumbre, abrazar un mundo desconocido en el que las costumbres y los valores no siempre son familiares, pero en el que inevitablemente hay que aprender a navegar.
Como organizaciones que trabajan a diario con sobrevivientes de la violencia de género, incluyendo la violencia sexual y doméstica, en la ciudad de Nueva York, nos sentimos devastados al enterarnos de la violación de una mujer de 46 años en Coney Island el mes pasado.
Hagamos un ejercicio. Cuando oyes la palabra “justicia”, ¿qué es lo primero que te viene a la mente? ¿Piensas en el castigo de la persona que hizo el mal? ¿O piensas en la sanación de la persona perjudicada?
Un caluroso día de verano, mi mundo cambió por completo. La persona que me trajo a este mundo murió. En un momento estaba viva, sonriendo y viviendo, y al siguiente ya no era localizable ni con una llamada telefónica ni con un viaje en avión. La pena que se apoderó de mí puso mi mundo patas arriba, pintándolo de negro. A veces, a través de las grietas, brilla la luz que me calienta por dentro. Hay momentos de esperanza, aunque sea fugaz.
No fue mi intención salir del clóset con mis padres. Si hubiera sido por mí, es posible que incluso hasta ahora no tuvieran idea de que su hija es queer. De hecho, cuando cumplí 18 años, me mudé a más de 2000 millas de casa solo para poder vivir mi vida fuera del alcance de sus ojos y su juicio. Como chicana criada en un hogar católico, la idea de ser queer me devoraba. No se me ocurría peor destino que decepcionar a mis padres y avergonzar a mi familia. Nunca había visto imágenes positivas de latines queer. Éramos un chiste, o pervertidos, enfermos, pecadores –personas que no merecían amor y que pasaríamos la eternidad ardiendo en el infierno. Entonces, guardé todos esos sentimientos en algún lugar donde nunca tendría que reconocerlos y oré por alivio. Mi primer pensamiento semi formado sobre mi sexualidad despertó en mi conciencia como bilis. Me sentí enferma.