La Mano Que Me Ayudó A Romper El Ciclo
- by Esmeralda
Las primeras tres veces que pedí ayuda mientras vivía una relación de abuso, acudí a mi padre. Era la figura masculina que yo creía que debía protegerme de cualquier daño. Pero durante más de diez años, las tres veces que reuní el valor para decir que necesitaba ayuda, la respuesta fue la misma: la culpa era mía.
«No le contestes a tu pareja.»
«Cállate.»
Esas palabras me hicieron creer que el problema era yo.

La siguiente vez que me atreví a pedir ayuda fue en VIP, a una persona muy especial para mí. Ya llevaba siete años como voluntaria allí. VIP también había sido parte de mi infancia: recuerdo a mi madre salir de las sesiones con su consejera con lágrimas en los ojos. Nunca imaginé que algún día yo ocuparía ese mismo lugar.
Como Promotora, hablaba con mujeres de mi comunidad sobre los distintos tipos de violencia. Les explicaba cómo reconocer las señales del abuso. Sin embargo, me costaba aceptar que yo también era una sobreviviente. No había golpes ni moretones, pero el daño psicológico y emocional era tan profundo que me había llevado al límite de mis fuerzas.
En VIP siempre me habían tratado con respeto y amabilidad: primero como hija de una sobreviviente y luego como voluntaria. Pero cuando llegué como clienta, recibí algo que cambió mi vida: compasión.
Por primera vez pude contar mi historia sin miedo a ser juzgada.
Así comenzó el camino para salir de una relación que me había atormentado durante trece años. Dejé mi hogar con mis hijos, de 3 y 12 años, y apenas cien dólares en el bolsillo.
Fuimos acogidos en Casa Sandra, un programa residencial de dos años para sobrevivientes de violencia doméstica. Mis hijos comenzaron a recibir apoyo en el Programa para Niños y Adolescentes (CAP). Al principio, mi hija apenas hablaba. Vivía asustada. Mi hijo lloraba por su padre y tenía rabietas que nunca antes había tenido.
Poco a poco, gracias al acompañamiento que recibieron, empecé a verlos recuperar lo que la violencia les había robado. Volvieron las sonrisas sinceras, la confianza y esos pequeños momentos de felicidad compartiendo la comida que tanto nos gustaba.
Mientras ellos sanaban, yo también inicié mi propio proceso.
Participé en The Parenting Journey, un taller de doce semanas donde pude hablar de los desafíos de criar sola a mis hijos después del trauma y aprender herramientas para convertirme en la madre que ellos necesitaban.
Más adelante tuve el privilegio de formar parte del Programa de Justicia Restaurativa.
Fue una experiencia que transformó mi vida.
Cuando llegué a ese programa ya llevaba un año separada de mi pareja. Pensaba que estaba bien. Creía que ya había sanado.
Pero descubrí que sanar tiene muchas capas.
Allí me enfrenté a preguntas, emociones y culpas que nunca había procesado. Aprendí a perdonarme por el papel que, sin querer hacer daño a nadie, terminé desempeñando. Aprendí a dejar ir culpas que nunca me pertenecieron. Por primera vez pude decir en voz alta cosas que durante años había intentado enterrar en silencio.
Y entonces lloré.
Lloré porque comprendí la suerte que había tenido.
Había logrado salir con vida. Mis hijos estaban físicamente a salvo. Habíamos encontrado un programa que nos abrió las puertas a recursos, apoyo y esperanza.
Durante ese camino conocí a muchas otras sobrevivientes.
Escuché historias que me estremecieron hasta los huesos. Historias que me hicieron llorar. Historias que despertaron mi indignación al ver cómo la violencia se repite de generación en generación.
Muchas personas dejamos nuestros países buscando una vida mejor y, sin embargo, terminamos atrapadas nuevamente en relaciones de abuso. Y cuando decidimos pedir ayuda, nos enfrentamos a nuevas barreras: el idioma, la situación migratoria, el miedo, el desconocimiento de cómo funciona una ciudad tan grande como Nueva York.
Por eso deseo que existan muchos más programas como VIP en todo el mundo. Lugares donde las personas puedan encontrar un espacio seguro para sanar, romper el trauma generacional y reconstruir sus vidas, sin que el idioma, la documentación o cualquier otra barrera les impida acceder a la ayuda que necesitan.
Hoy soy Promotora.
Junto a otras seis mujeres sobrevivientes, compartimos información sobre los recursos disponibles para que nadie tenga que enfrentar la violencia en soledad.
Pero sabemos que aún hay millones de sobrevivientes esperando esa primera oportunidad para pedir ayuda.
Nuestro compromiso es llegar a tantas personas como sea posible y contribuir a romper el ciclo de la violencia.
Todavía tengo muchos sueños por cumplir.
Y espero que, dondequiera que la vida me lleve, nunca deje de extender la mano a quien la necesite.
Porque un día, cuando yo más lo necesitaba, alguien en el Violence Intervention Program hizo exactamente eso por mí.
Crédito de Imagen: Tehuanas, 1940. Rosa Rolanda (1895-1940)