Sobrevivir y florecer: La travesía de una inmigrante hacia una vida libre de violencia
- by Matilde Solano, Promotora VIP
Nací en un pueblo de la Sierra Norte de Puebla y crecí en una familia que siempre ha experimentado violencia. Todo el tiempo veía a mi papá maltratar a mi mamá. Mi papá es alcohólico y siempre fue así. Yo crecí cohibida y con miedo, aislada. Quería ser invisible, que nadie me viese. Así era el miedo que me provocaba mi papá. Lloraba cuando el sol se metía, porque sabía que él llegaría de vuelta a la casa.
Anhelaba crecer para irme. Un día me dijeron: «¿quieres venir para acá?» Entonces vi una luz y dije: “me voy”. Así escapé y me vine a este país.

Llegué aquí a los 19 años y me sentía libre. Era un alivio llegar a casa y saber que no iba a estar esperando que mi papá llegara, rogando que el día no se acabe. Al verme libre, sentí un descanso. Mi papá era muy estricto; nunca nos dejó tener un novio. Aquí, al sentirme libre, conocí a una persona que me habló bonito, se portaba lindo y me trataba bien. Empecé a salir con esa persona. Sin embargo, al llegar aquí y no conocer el idioma ni saber cómo funcionaban las cosas, se me dificultó muchísimo conseguir un trabajo y las circunstancias me llevaron a depender de él. Me propuso que nos juntáramos como pareja. Al principio, dudé, pero, con el tiempo, me fui a vivir con él. Nunca imaginé en dónde me estaba metiendo.
Un mes después de comenzar a vivir juntos me di cuenta de que esa persona se transformó en alguien que no conocía. Me dejaba encerrada en casa porque se llevaba las llaves y si yo salía, no podía entrar de nuevo. No tenía ni un peso para salir, y por vergüenza no quería regresar con mi hermano. Pensaba: “¿cómo le voy a decir que me apoye?”
Yo venía de una familia conflictiva y tenía una autoestima muy baja, así que él vio que yo era fácil de dominar. Poco a poco me perdí. Los insultos y humillaciones se volvieron cotidianos. Me prohibía todo, no podía hablar ni con sus primos. Me decía que quería andar con ellos, que yo era una prostituta, y que él se iba a ir con otras. Pasaba el tiempo y todo iba poniéndose mucho peor. Me extravié completamente.
Al poco tiempo, resulté embarazada y tenía la esperanza de que él cambiaría. Pero su reacción fue desalentadora. Me preguntó si quería abortar o tenerlo, y dijo: “Por mí, está bien lo que decidas”. No se mostró emocionado. Las cosas no mejoraron después de que nació mi primer hijo; al contrario, empeoraron. La humillación se intensificó. Me decía que estaba gorda, que mi aspecto no era agradable, y que no iba a salir conmigo. Me comparaba con otras mujeres, diciendo que iba a salir con ellas porque eran mejores que yo. Siempre estaba enfocado en su apariencia y nunca se involucró con nuestros hijos. Nunca jugaba con ellos.
Estuve muy aislada. Me hacía sentir que no valía nada y que estaba enferma. Nunca hubo golpes físicos, pero siempre había una amenaza implícita. Su puño pasaba cerca de mi cara como un intento de meterme miedo. Poco a poco, me quedé atrapada. Tampoco podía usar pastillas anticonceptivas porque era motivo de pelea. Todo eran gritos y humillaciones.
Un día, empezó a salir con alguien más y quería tenerme a mí y a su nueva pareja. Fue en ese momento que desperté. Me amenazó con llevarse a mis hijos, y eso fue lo que me hizo reaccionar. Discutimos, y yo le dije que si entraba a la casa, llamaría a la policía y cuando la policía llegó, él ya no estaba. Me aconsejaron ir a la corte y pedir la custodia de los niños. Tuve varias citas en la corte, donde él me acusó de ser una persona enferma y de no estar capacitada para tener a mis hijos. Me sentí impotente.
A través de la corte, me recomendaron varios programas entre ellos VIP. Llamé a VIP para buscar ayuda. Recuerdo que mi consejera, Silvia Nájera, me dijo «Vas a llorar, pero eso te ayudará a sanar». Al principio, la vi como una persona dura, pero eso me fortaleció. Me enseñó a ser autosuficiente, a valorarme, y a entender que merecía más.
Agradezco todo lo que viví porque me ayudó a salir de esa relación. Pasaron años, pero finalmente logré romper la burbuja. Hoy soy una mujer nueva, transformada, independiente y autosuficiente y me siento orgullosa de haber criado a mis hijos bien, a pesar de las dificultades.
Ahora, vivo libre de relaciones tóxicas. Puedo expresar lo que siento sin miedo. Soy dueña de mi cuerpo y mis pensamientos. Estoy feliz con mi transformación y disfruto de la tranquilidad emocional. Antes, vivir con miedo no era vivir. Mi familia nunca se dio cuenta de lo que pasaba; tenía miedo de hablar. Pero, después de todo, logré romper el silencio.
Para quienes están en este proceso, les digo que el tiempo va pasando y uno ni siquiera se da cuenta cuando ya está afuera. No se den por vencidas y sigan luchando. Existe ayuda y hay muchos recursos y personas dispuestas a dar apoyo. Se tienen que sacar fuerzas de sí mismas para poder salir. Yo las entiendo y sé que es duro, pero no es imposible. Las cosas pasan; busquen ayuda y sigan adelante.
Para quienes no han pasado por violencia doméstica, les pido que sean más empáticos con quienes sí han pasado por esta experiencia.
Matilde Solano, originaria de la Sierra Norte de Puebla, México, es una destacada líder promotora en el Programa de Participación Comunitaria de Violence Intervention Program. En su rol como promotora, trabaja directamente con la comunidad latina de la ciudad de Nueva York, dialogando con las personas sobre los peligros de la violencia doméstica y sexual y distribuyendo materiales educativos para crear conciencia. Matilde reside en Nueva York junto a sus tres hijos.
Crédito de la imagen:
Festival de las Flores: Fiesta de Santa Anita,1931. Diego Rivera (México, 1886-1957)