Las Mujeres Migrantes y Negras Han Hecho Esta Ciudad Lo Que Es
- by María Fernanda Buitrago
Atravesando las calles de Nueva York y tratando de abrirme paso a través del laberinto del subway, me sigo encontrando con una mujer que nutre esta ciudad desde las sombras. Ella ha tenido múltiples rostros a lo largo del tiempo, pero si miramos con atención, es ella la que a través de la historia siempre nos ha cuidado: cocinando, limpiando, vistiendo e incluso construyendo los hogares neoyorquinos. Ella es migrante, trabajadora racializada y segregada. Suele venir del sur o los sures del mundo. Ha soportado condiciones laborales injustas, indignas e inestables y cada una de sus conquistas son el resultado de un esfuerzo sostenido en el tiempo que al final ha beneficiado a todo tipo de trabajadores, es decir nos ha beneficiado a todos.

Quizá la hayas visto en el Greenwich Village en la temprana era de los 1990s cuando se tomó las calles y protestó las condiciones laborales inhumanas de las trabajadoras textiles. Ella estaba reclamando justicia para los y las obreras de la industria de la confección, quienes eran en su mayoría mujeres inmigrantes, tal vez de Ucrania, como Clara Lemlich, o tal vez de Italia. Ella, en ese entonces, solía trabajar 11 horas, por 3 dólares al día en talleres insalubres y hacinados bajo el trato abusivo de sus contratistas. Lemlich encabezó los piquetes de su época y a menudo recibió palizas de la policía, pero no se amedrantó. Se paraba frente a sus colegas hablando en yiddish muchas veces y gritando frente a todos “Soy una chica trabajadora”. Su justa rebelión sería recordada más tarde dentro del Levantamiento de los 20.000 o la huelga de las camiseras de Nueva York.
Si bien las trabajadoras textiles sentaron un precedente, en realidad no todas las trabajadoras han tenido los recursos para organizarse políticamente. En especial si su trabajo se ha visto como un oficio no calificado que no es “digno” de los derechos laborales básicos, como una tarea sin necesidad de remuneración. Y así, las trabajadoras domésticas afroamericanas de la década de 1930 tuvieron que transitar por otros laberintos, muy diferentes a los de Lemlich, para obtener esa misma protección laboral básica.
Por eso, si uno se para en la esquina de la calle 170th y la avenida Jerome en el Bronx, puede intentar imaginársela de nuevo, nuestra trabajadora de la ciudad de Nueva York, pero ahora la veríamos deambulando por el infame mercado de trabajos de esclavos del Bronx, que se conoció como The Bronx Slave Market. Allí ella esperaba en las esquinas hasta que se acercara un posible empleador. Luego, tenía que negociar su trabajo y a veces logrando que le pagarán tan solo 15 o 20 centavos por hora para realizar tareas de limpieza intensa y riesgosa, como lavar ventanas y alfombras arrodillada, en hogares blancos de clase media.
Las mujeres negras le hicieron frente a una discriminación racial que desde sus inicios se ancló al mercado laboral después de la Gran Depresión. Las empresas y agencias que empleaban mujeres en la ciudad a menudo favorecían a las mujeres blancas para trabajos mejor calificados y remunerados. Como explica Makoroba Sow (2022), las condiciones en las que las mujeres negras tenían que aceptar estos otros trabajos callejeros eran nefastas. Tenían que ir a la casa de extraños en condiciones de total vulnerabilidad. Muchas denunciaron abusos sexuales o robo de todo su salario después de un día entero de limpieza agotadora.
El mercado de esclavos del Bronx fue llevado al escrutinio público gracias a los valientes informes de otras mujeres activistas negras que reportaron encubiertas, como Lois Taylor y Ella Baker. Pero la lucha de las mujeres trabajadoras domésticas continúa hasta estos días. El trabajo del hogar, ese que todavía realizan casi en su totalidad mujeres inmigrantes en grandes metrópolis como Nueva York, se considera como trabajo no calificado y por ello no cuenta con las protecciones más básicas ni los derechos de seguridad laboral mínimos.
Hoy en día, puede que no sean las mujeres negras las que llegan de los estados del sur para realizar trabajos domésticos mal pagos, sino que son las trabajadoras latinas y africanas las que actualmente brindan todo tipo de servicios a los hogares clase media-alta, desde limpieza hasta cuidado de niños, cocina, cuidado de mascotas, etc.
Aunque el trabajo de investigación de aquellas periodistas afroamericanas que desmanteló lo que sucedía en las esquinas de las calles del Bronx de 1930 logró crear el Sindicato de Trabajadoras del Hogar (DWU), no logró desaparecer el fenómeno de los mercados callejeros.
Y así, en pleno 2024, podrías ir a Williamsburg para encontrar a nuestra trabajadora de nuevo, ella, la trabajadora más injustamente remunerada, esperando otra vez en la calle a ser contratada por un día. Conocidas popularmente como jornaleras, estas trabajadoras migrantes son un cierto espejo de las mujeres afroamericanas de la década de 1930. Muchos aspectos de su trabajo siguen siendo escalofriantes: sus condiciones vulnerables como recién llegadas a esta ciudad, explotadas por sus empleadores con robo de salarios y tácticas de violencia de género, incluyendo violencia sexual. Al igual que en los mercados callejeros de la década de 1930, muchas jornaleras no reciben el salario mínimo para Nueva York y son víctimas de agresiones sexuales mientras realizan su trabajo.
Algunas trabajadoras latinas migrantes cansadas de estos trabajos explotadores e inestables en la industria de servicios domésticos están ahora adquiriendo nuevas habilidades para trabajar construcción y, con suerte, conseguir un trabajo que aunque exigente les puede ayudar a mantener a sus familias mejor, como informaron Stefanos Chen y Ana Ley para el New York Times (2023).
Cada vez que observo la ciudad y echo un vistazo a cualquiera de esos lujosos edificios que aparecen en Long Island City o en el bajo Manhattan, me pregunto cuántas mujeres migrantes están construyendo y creando estos nuevos espacios, esas cajitas con ventanas oscuras, para que otros vivan cómodamente. Y entonces, tengo una esperanza –ilusa pero siempre presente– que esas mujeres, después de sus jornadas laborales, también tengan un lugar al que llegar, una casa, un salario digno, unos días de merecido descanso. Porque, a fin de cuentas, a pesar del tiempo que ha pasado sigo sin entender ¿Cómo es posible que las trabajadoras que cuidan a los neoyorquinos e incluso construyen sus oficinas y hogares no puedan también llamar a esta ciudad su hogar?
María Fernanda Buitrago es educadora comunitaria en el Programa de Intervención contra la Violencia y trabaja con el equipo de participación comunitaria. Anteriormente ha trabajado con otras instituciones culturales y sin ánimo de lucro en Nueva York y Colombia. María Fernanda está cursando un máster en Humanidades Digitales con un certificado en Estudios de la Mujer y de Género en el CUNY Graduate Center. Su proyecto final se centra en la documentación de la vida de las mujeres en el oeste de Boyacá, Colombia, a través de una colección digital que arroja luz sobre su resiliencia y sus recuerdos.
https://www.gc.cuny.edu/news/digital-humanities-masters-student-sets-precedent
Crédito de la foto:
The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Photography Collection, The New York Public Library. «Mexican market wom[an]» The New York Public Library Digital Collections. 1898.
https://digitalcollections.nypl.org/items/8a32ad90-c0bf-0134-946e-00505686a51c
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